El Caballero del Bombín

Es Bob Dylan y Rimbaud, y el pájaro espino y el guardián entre el centeno, y Diderot y Woody Allen. Es un caballero y un vagabundo y un amante y un mentiroso. Nunca fue un profeta ni un loco, y no causó nunca más daño que la que cada cual quiso hacerse a sí misma. Se viste de tahur y no conoce el juego, y está tan solo como cualquiera. Es frívolo y guapo, y cruel y triste, recuerda más de lo que quiere, y todo le sobra y nada le basta. Siempre tuvo algo de renegado, de maestro de la fuga, cierto espíritu desertor, de lobo estepario, y con los años, la desconfianza hacia su propio personaje parece haberse acrecentado. Por cada carta que esconde en la manga, pone otra en la mesa; por cada huida, regala una llamada en mitad de la noche; por cada despedida, una canción.
Probablemente le importe un rábano que todas las mujeres hablen mal de él. Al fin y al cabo, este hombre es sólo un hombre, un hombre como cualquiera, aunque es un hombre que siempre resulta un enigma. Es un dandi y un bohemio y un pirata y un filósofo. Intempral y contemporáneo. Presumido y desaliñado. Atormentado y disoluto. Es Bukowski y el Boss, y Nietzsche y Freud.
Para ser arrogante le sobra miedo y para ser humilde le sobran arrogancia, mundo, escepticismo e inteligencia. Es Jesucristo, Dostoievsky, Humphrey Bogart, Leonard Cohen, Baudelaire y Don Quijote.
No es nadie en concreto y es el hombre por excelencia, y al final sólo es él mismo, que es como ser todas las mentiras y un par de verdades al mismo tiempo.
Es un poeta maldito aunque reniega de ello, y canta, aun sin voz, porque jamás quiso hacer otra cosa.

sabina

 

 

Y en definitiva, en estos tiempos que corren, el único al que el sombrero no le sienta ridículo es al caballero del bombín.

 

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